Estudar a tradição?

[…] Acerca de los objetos propuestos se debe investigar, no lo que otros hayan pensado o nosotros mismos sospechemos, sino lo que podamos intuir con claridad y evidencia o deducir con certeza, pues no se adquiere la ciencia de otro modo.

[…] Se deben leer los libros de los antiguos, porque es un inmenso beneficio poder utilizar el trabajo de tantos hombres, ya para conocer lo buenos que en otro tiempo ha sido descubierto, ya también para saber lo que queda ulteriormente por descubrir en todas las ciencias. Sin embargo, es muy de temer que tal vez algunos errores, contraídos de su lectura demasiado asidua, se nos peguen fuertemente a pesar de nuestros esfuerzos y precauciones. Porque los autores suelen ser de tal índole, que cuantas veces, por una credulidad desprevenida, han caído en una de las partes de alguna opinión controvertida, se esfuerzan siempre por llevarnos a la misma conclusión por medio de sutilísimos argumentos, y, por el contrario, cuantas veces tuvieron la suerte de descubrir alguna cosa cierta y evidente, nunca la presentan sino envuelta en ambages y rodeos, tal vez temerosos de que disminuya la dignidad de la invención con la sencillez de las razones, o quién sabe si porque sienten recelo en descubrirnos la verdad.

Mas aunque todos ellos fuesen sinceros y francos y no nos propusiesen jamás cosas dudosas por verdaderas, sino que expusieran todo de buena fe, siempre, sin embargo, estaríamos inciertos sin saber a quién creer, puesto que apenas hay algo dicho por uno, cuyo opuesto no sea afirmado por otro. Y de nada serviría contar los votos para seguir la opinión que tuviera más partidarios entre los autores; porque si se trata de una cuestión difícil, es más creíble que su verdad haya podido ser descubierta por pocos que por muchos. Pero aun en el caso de que todos estuviesen acordes entre sí, no por eso sería suficiente su doctrina, ya que nunca, por ejemplo, llegaríamos a ser matemáticos, aunque supiéramos de memoria las demostraciones de todos los otros, si no teníamos también aptitud de ingenio para resolver cualquier género de problemas; ni llegaremos a ser filósofos, aunque hayamos leído todos los razonamientos de Platón y Aristóteles, si no podemos dar un juicio firme acerca de las cuestiones propuestas, pues, en ese caso, parecería que hemos aprendido, no ciencias, sino historias. […] [p. 23–25]

DESCARTES. Regla III. In: Reglas para la dirección del espíritu. Traducción por Manuel Mindán. Madrid: Revista de Occidente, 1935.

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